viernes, 1 de septiembre de 2006

I


El final del día en un ocre atardecer de otoño
que tiene la aspereza de lo melancólico.
Un curtido músico, algo cansado quizá por eso.
Variación de un tema de Serrat.
De las cuerdas de su gastada guitarra,
pequeñas historias anónimas
—actividades rutinarias como el té de las cinco,
malditos fantasmas del pasado que no se olvidan
y despedidas trágicas como ponientes—
que van a parar a las esquinas, fuentes y tejados.
O tal vez una cálida tarde
que tiene el bullicio de las flores de verano.
Un curtido músico, de ojillos alegres.
Variación de un tema de Serrat.
De las cuerdas de su gastada guitarra,
pequeñas historias anónimas
—perfumes nuevos por descubrir en las calles,
agarrar oportunidades como piedras en el camino
y resultados inesperados gracias a las intuiciones—
que van a parar a las plazas, tiendas y transeúntes.
El equilibrio no siempre fácil, pero no imposible,
de las situaciones contradictorias en la vida.
Y entonces comprendí qué es ser poeta.

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