sábado, 2 de septiembre de 2006

II

En mis manos, un puñado de flores.
La belleza en los destellos flameantes de suavidad.
Las cierro.
Inmediata explosión de pétalos.
Propagación hasta el techo del estruendo
que provoca la locura al vociferar
su posible llegada.
La habitación apesta a la inquietud
producida por inminentes sucesos aciagos.
Estallido de colores iridiscentes
que se estampan contra la pared.
Manchas azules del dolor,
manchas púrpuras de la angustia,
manchas moradas de la agonía.
Forman círculos fosforescentes
que trazan las órbitas del espacio que me encierra
en la decepción desesperante
de las incógnitas sin despejar.
Flores destrozadas. Flores inertes.
No flores.

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