domingo, 1 de octubre de 2006

IV

La muerte era yo los sábados por la noche
cuando tenía veinte años.
Descendí a los infiernos de los bares oscuros
del casco antiguo de la ciudad.
Jóvenes como yo envejecían rápidamente
al hundirse en la espuma de la cerveza.
La suciedad saltaba de la barra al suelo.
Como las neuronas brincaban en mi hígado
en esas inconscientes noches de borrachera.
Y vomité las espinas, los órganos, los límites,
estúpidas canciones de amor, las distancias, mis escritos,
las estaciones, las vivencias, los miedos,
la suerte, las direcciones, la lógica,
el presente, el pensamiento, los sentidos.
Todo, menos la soledad.
O tal vez sí, pero me la volví a tragar.
Entonces pensaba que apostaba a vivir.
Pero creo que sólo logré sobrevivir
–lo que ya es mucho.

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