martes, 17 de octubre de 2006

V

Percibo el mundo por los sentidos.
El juego de luces y sombras
en la paradoja de la tragicomedia
provoca la ceguera que hace
que mis inseguridades renazcan vacilando al borde del abismo,
cuya desmesurada profundidad es más que una realidad fantástica.
El amargor que produce en mi voluntad
el sabor a ceniza y metal de los propósitos
que se escapan por la boca
-y la ambición, fracasada, deambula solitariamente enloquecida
fuera de los límites de la comprensión humana-.
El paraíso que abandonamos porque olía a podredumbre:
la de la pérdida de la esencia de las rosas,
que ya no lo son porque no huelen a rosas,
sino a una mezcla de queroseno y mentiras,
de azufre y decepción.
Con ojos de poeta algo loco
tejo y destejo todos los días y las noches,
como una Penélope avezada,
mi destino de una rugosidad compacta
como la del mineral estático.
Contra el que golpearé el recóndito ruido
del delirio y el tormento que hay en mi cerebro
y que me hace inventar imágenes
de posibles relatos futuros
apocalípticas, irreales, casi mágicas.

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