sábado, 17 de enero de 2015

EN LA CALLE LIBERTAD


M., al salir del trabajo, sintió un golpe de aire en su rostro. El viento soplaba un poco fuerte y hacía mover las hojas de los árboles, temblequear los cristales de las ventanas y ondear sus ropas. Se colaba por la camisa, los pantalones, y M. empezó a tiritar porque era fresco. Las nubes tapaban y destapaban la luna a su antojo, como si de un juego se tratara, y eso hacía que las calles estuvieran a ratos iluminadas, a ratos más oscuras. M. podía notar bajo sus pies la humedad que se desprendía de las aceras.
Caminó por la avenida Fraternidad del barrio de Gràcia, ancha y solitaria, hasta la siguiente bocacalle. Al llegar a la esquina la torció y fue a parar a la calle Libertad, estrecha y no muy larga. En todo el callejón no había más que encendidas dos farolas. La semioscuridad le hizo creer en un principio que tampoco había nadie a excepción de él, pero cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, se dio cuenta de que estaba equivocado. En la dirección contraria venía un grupo de siete chicos, de unos veinte años. M. tuvo la corazonada de que querían armar bronca; no obstante, siguió adelante.
Efectivamente, cuando pasaron por su lado, los jóvenes comenzaron a provocarle. Tenían el pelo muy corto y los bajos de los pantalones le quedaban a la altura de los tobillos. M. se dio la vuelta para intentar huir, aunque no le dio tiempo. Rápidamente el grupo le rodeó. Le voceaban y le insultaban; los gritos eran cada vez más fuertes, los insultos eran cada vez más ofensivos. Retrocedió unos pasos, como queriendo escapar, pero los chicos le seguían y poco a poco fueron arrinconándolo hasta que M. sintió que su espalda chocaba contra la pared. Tenía todos los músculos en tensión. Tanto, que notó que las uñas le dolían porque se había agarrado al muro con demasiada fuerza. Gotas de sudor empezaron a mojarle la cara. Estaba tan quieto como le era posible. Nunca se había encontrado en una situación como ésta y no sabía cómo actuar ni qué iba a pasar.
M. suplicó que no le hicieran daño, aunque por toda respuesta uno de los muchachos extendió el brazo hacia su rostro; en la parte superior de la manga de la chaqueta había cosido un emblema, en cuyo interior había grabadas dos cruces que se entrelazaban. Recibió el impacto del puño sobre su ojo izquierdo. Un dolor le recorrió toda la cara, como si cientos de agujas le pincharan; se tambaleó pero no llegó a caerse. Otro de los individuos le pegó un segundo puñetazo; esta vez sí que lo tumbó y se dio un golpe en la cabeza contra la acera. Otro le cogió por las solapas de la chaqueta y le empujó contra la tapia. Se quedó de medio lado y la cabeza comenzó a darle vueltas. Unos cuantos fragmentos de su vida le vinieron a la mente. La llegada a la ciudad de Barcelona cuando tenía ocho años, la satisfacción de oír los aplausos de los espectadores al acabar una función con el grupo de teatro del instituto, los compañeros que se burlaban de él en el colegio y el instituto. Uno de ellos levantó una pierna y M. vio una bota militar en el aire que rápidamente cayó sobre sus muslos; le dejó tendido boca arriba. Gritó. Las conversaciones sobre política y arte acompañadas de cervezas y partidas de cartas en el bar de la facultad, las lecturas de clásicos y las canciones rock en su habitación en la adolescencia, el primer beso, corto y dado con timidez. La misma persona volvió a dejar caer con fuerza la pierna. Nuevamente gritó. Los juegos con sus hermanas y primos cuando eran pequeños durante las vacaciones de verano, la noticia de la muerte de su abuelo a la hora de comer, la primera vez que hizo el amor. M. se encogió y se llevó los brazos a la cabeza para cubrírsela esperando un nuevo golpe.
¿Por qué no se iban de una maldita vez? Le habían insultado. Le habían amenazado. Le habían pegado. ¿No era suficiente? ¿Qué más querían? Siempre había creído que era libre. Sin embargo, en esos momentos no lo era. Libertad es sentirte bien contigo mismo en comunión con lo que te rodea. Y él en esos momentos no lo era porque le dolía terriblemente el cuerpo, pero sobre todo porque tenía miedo: de no saber cómo iba a acabar el episodio, ni qué le iba a pasar a él. Libertad es poder decidir sobre cualquier cuestión en cualquier momento y en cualquier espacio. Y él en esos momentos no lo era porque aquellos tipos se lo impedían. Libertad es creer que no vas a morir en un futuro próximo. Y él en esos momentos no lo era porque no estaba seguro de si iba a salir vivo de allí.
Uno de ellos sacó del bolsillo trasero de sus tejanos una navaja. La alzó. Entonces las nubes no jugueteaban al escondite con la luna, y su luz hizo que el arma se mostrara provocadoramente brillante, peligrosamente afilada. El cuchillo duró pocos segundos en el aire porque enseguida lo bajó hundiéndolo en la carne oscura de M., tan oscura que era casi igual de negra que el asfalto. Un último recuerdo para R., su novia. Le estaría esperando. Había quedado con ella al salir de trabajar para dar un paseo. La hoja de la navaja era provocadoramente roja. Tuvo unas ganas tremendas de oír su boca, de ver su piel, de oler sus orejas, de acariciar su nariz, de besar sus ojos. Nunca antes la había deseado con tanta fuerza como en aquel momento; cuando aparece la posibilidad de que no vuelvas a estar junto a la persona que quieres, te das cuenta de lo mucho que significa para ti. La sangre se empezó a escurrir peligrosamente por la acera hasta llegar a la alcantarilla.
Finalmente el grupo se fue entre risas e insultos. La sangre seguía deslizándose por la acera hasta que se la tragaba la alcantarilla. El viento continuaba soplando fresco y fuerte. Las nubes volvían a jugar con la luna a taparla y destaparla. La humedad se desprendía de las calles.



2 comentarios:

Sandra Fernández Jurado dijo...

Relato breve que presenté al I Concurso de Ediciones Saldubia y seleccionado, junto con otros quince textos, para su publicación en la antología "16 relatos y autores en busca de lectores", proyecto que se financió a través de crowdfunding, y que podéis adquirir en Librosatumedida.com Gracias a todos los que hicieron posible que se hiciera realidad.

Pedro Herrero dijo...

Con un poco de retraso dejo un comentario en este relato tuyo, esa fría y objetiva dilación de un suceso violento, que vas tensando para dar entrada a los recuerdos del protagonista y dejar que sus vivencias se extiendan hasta el final de la historia. Retraso, porque lo editaste en enero de 2015 y yo te lo comento en octubre del mismo año, unas horas después de que tú y yo coincidiéramos en la entrega de premios del IV concurso de la Microbiblioteca. Me alegré de verte y te comenté que, al igual que tú, tengo mi bitácora (Humor mío) un tanto descuidada. A ver si el uno al otro nos damos ánimos para volver a coger el ritmo. Te mando un abrazo.