lunes, 29 de mayo de 2017

"ÉL", PREMIO I CONCURSO DE RELATO IRMANDADE GALEGA DE RUBÍ




    Me lo encontraba todos los días, en el mismo sitio, la misma postura. Indiferentemente de si llovía o no, de si hacía frío o no. El mismo sitio, la misma postura. Indiferentemente de si era invierno o verano, de si era otoño o primavera. El mismo sitio, la misma postura. Daba igual a qué hora del día pasara yo: siempre lo veía.
A cierta distancia lo contemplaba: sentado, con la espalda reclinada, el codo derecho sobre el muslo izquierdo, los nudillos de la mano derecha en el mentón y la boca, y el brazo izquierdo sobre la rodilla izquierda. Si me acercaba más, podía captar el ceño fruncido y la frente arrugada; parecía enfadado. ¿Pero realmente era así? Dirigía la vista hacia abajo, la mirada fija. Esto me hacía sospechar que no es que estuviera enojado, sino que estaba pensando. Y de una manera intensa, casi como torturándose.
Era de complexión muy musculosa. No se trataba de un cuerpo relajado. Al contrario: la musculatura estaba contraída, como haciendo un gran esfuerzo. Aunque estuviera meditando, su apariencia no era de tranquilidad ni mucho menos pasiva. Parecía que en cualquier momento iba a pasar a la acción, que se iba a levantar y a poner en práctica lo que había decidido, a llevar a cabo lo que pensaba. ¿Lo haría?
Su actitud reflexiva y los músculos en tensión revelaban un verdadero sufrimiento. Me hubiera gustado preguntarle en qué pensaba, qué sentía, qué le hacía torturar interiormente de aquella manera. Me hubiera gustado enredar mis dedos en sus cabellos ondulados, acariciar con mi rostro la seriedad de su rostro, rodear sus hombros con mis brazos, besar la fragilidad que transmitía… Cada vez que me aproximaba me decía que debía hacerlo, pero al final me daba vergüenza y pasaba de largo. Nunca me atreví.
Un día la empresa para la que trabajaba me comunicó que me cambiaban de servicio: dejaría de ser vigilante de seguridad del Museo Rodin. Ya no podría contemplarlo.

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