El
conductor de autobús, hastiado, inició el trayecto. Su vida era un desastre:
una carrera de artista fracasada, un trabajo que no le satisfacía y una cama
demasiado grande para él solo. No había conseguido los objetivos planteados en su
juventud. Irritado, miró a los pasajeros: rostros cansados, gestos impacientes,
palabras irrespetuosas. También llevaban una existencia rutinaria pero tampoco
se revelaban por cambiarla. La furia crecía: hacia ellos, hacia sí, hacia el
mundo. Repentinamente aceleró y, sin control, se lanzó frenéticamente por la
carretera contra todo lo que había delante. Los pasajeros no tuvieron tiempo ni
de agarrarse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario